Bienvenidos a la madurez

por | 25 Oct 2019

Los años pasan para todos, todos llegamos a la madurez. Creo que pocas cosas son tan comunes en los seres humanos como el inquebrantable paso del tiempo. Bueno, eso y que todos cagamos y meamos. Sin embargo, y a pesar de que nuestros procesos fisiológicos tengan similitudes, me gusta pensar que podemos elegir ser diferentes, intentar salir del rebaño, perder la inocencia. Pensamos que si hacemos esto y lo otro, y que si seguimos por aquí y por allí, llegaremos a donde queremos, alcanzaremos nuestras metas y seremos felices. Pero ¿y si ese camino no es para nosotros? ¿y si el camino no lleva donde teníamos previsto?

Anticipamos que la universidad será toda una fiesta, que follaremos, beberemos y viajaremos más que en el resto de nuestro vida pasada y futura. Tienes 18 años, el mundo es tuyo. No tienes ni puñetera idea de lo que quieres pero sabes que lo quieres todo, inhibirse o madrugar es morir. Los fines de semana se alargan y las resacas comienzan los lunes, la primera copa llega el miércoles y vuelta a empezar. Y así pasan unos cuantos años. Dos como mínimo y todos los que quedan como máximo pero al final, en tercer curso si hay suerte o en el último si somos de tomar la penúltima, todos nos damos cuenta de que hemos perdido mucho tiempo y toca correr.

La cruel madurez

El proceso de selección para unas prácticas veraniegas y no remuneradas en una de las Big Four te devuelve directo a la realidad. Si te rechazan porque te rechazan y si te aceptan porque te aceptan. El fracaso puede matar y la esclavitud induce al suicidio. No vales tanto como creías y te queda un trecho para acercarte. El lobo no ha enseñado la patita por debajo de la puerta, nos ha mordido en el cuello. Aunque no todo es malo, claro, uno acaba aprendiendo, por eso las notas medias son siempre mejores a partir de tercero. Y empieza a llegar la primera pasta.

Si hay suerte, el amor verdadero también llega en esos años. Quién no se enamora en la universidad debería plantearse empezar una carrera (o una FP, o un puto curso de inglés). Alcohol, hormonas, viaje de curso, fiestas sorprendentes los martes por la noche o dos miradas en la clase de microeconomía, a la universidad se va a reventar. De la cama a clase y de clase a la cama. Aquello era el paraíso. Y de nuevo, al terminar, el amigo entrevistador y la realidad, pero esta vez te aceptan. El trabajo lo cubre todo, ella se cansa de hablar siempre de lo mismo y apenas hay tiempo para echar un polvete a la semana. Normal que ella acabe saliendo por patas. Normal que te vuelvas un yonki del trabajo.

Después de un par de años picando piedra te has dado cuenta de que eres un mierdecilla en el mercado laboral, piensas que el amor pasional y verdadero, de existir, ya pasó, que no podrás dejar de estudiar jamás, ya sea para estar menos en casa o para no ser despedido, y que para colmo nunca será tan divertido como antaño. Carpe diem, idealismo, happy hour, políticos honestos y mujeres que dan segundas oportunidades: despierta chaval, el mundo no es así aunque tu actitud es cojonuda para no acabar matando a nadie.

Y claro, sigues currando y currando. Ya que felicidad parece inalcanzable, piensas que al menos serás un infeliz con pasta, ropa de marca, vacaciones en Asia y un Facebook hiperactivo. Y así, sin darte cuenta, llegas a los 26-29 y llevas años trabajando como un animal para vivir en un piso compartido o –con suerte– unipersonal y asistir a las bodas de todos tus amigos, una por una, cada vez con solteras más jóvenes en tu mesa. Solo la esperanza de que el futuro será mejor te permite dormir a gusto, pero eres optimista, como debe ser a pesar de que el pesimismo goce de mejor reputación.

Así, a veces te acercas a la felicidad, la saboreas por momentos cuando te ascienden y ganas más pasta, cuando estrenas coche, cuando vuelas rumbo a Isla de Pascua, cuando tu colega se casa o nace su primer hijo. Pillar con la más guapa del bar siempre es un motivo de celebración pero sabes que no, que eso no es suficiente, eso no sirve. Y un día, normalmente en una boda, un bautizo o en una reunión con amigos, lo ves todo claro. La clave es compartir, compartirlo todo con una persona, sobre todo el esfuerzo por salir adelante, por cumplir los sueños, por ver quién quiere más a quién.

Inocente tú, que pensabas que con un buen curro, un buen piso y un buen coche estaba todo hecho, que va.

Bienvenido a la madurez.

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