Mi madre me enseñó…

por | 10 Jul 2021

Hace pocos días fue el día de la madre. Normalmente, un juntaletras en oportunidades como yo suele regalar unas palabras de cariño y admiración en este tipo de ocasiones pero por motivos que no vienen al caso, no fue posible. Pude leer en Twitter los mensajes enviados bajo el hastag #MiMadreMeEnseñó y los recuerdos me invadieron…
Mi madre no pudo educar de uno en uno. Tuvo que hacerlo en modo grupo. Y, no sé si queriendo o sin querer, utilizó su numerosa maternidad como argumento principal en muchas de sus lecciones..

Soy el hermano mayor y como tal tuve que luchar mucho por ir asimilando derechos y libertades, tesoros que mis hermanos heredaban sin mancharse las manos de sangre. Recuerdo que uno de los primeros objetivos fue una consola de última generación, la PlayStation 2. Mis padres consideraban que éramos muy pequeños para saber utilizarla pero nosotros ya éramos adictos antes siquiera de tener consola propia. Así intenté convencerles durante los primeros meses. Cuando mis esperanzas empezaban a notar el flato, llegó la Navidad y con ella la carta de los Reyes Magos. En mi casa siempre hubo una norma: sólo tres cosas. Yo, en un ataque de generosidad y haciendo uso de mi dilatada experiencia como chantajista emocional a los 12 años, sólo pedí una cosa y lo hice con el aliciente de que sería para compartirla con todos mis hermanos, quería la PlayStation. El día 6 de enero a las 7:00 de la mañana estábamos todos despiertos y alrededor de mi zapato había cuatro regalos de los cuales tres no eran, con total seguridad, mi deseada consola. Fui directo a por el grande. Sólo por el peso empecé a desconfiar. Resultaron ser una botas Timberland en color beige. Muy chulas pero no eran mi consola. Tras abrir los otros dos regalos, quedé decepcionado, había puesto todas mis expectativas en esas navidades. Sin embargo, un gesto de mi madre me llevó directo al regalo familiar, un regalo que se consideraba común a todos los miembros de la casa. “Es la Play” dijo el pequeño de mis hermanos, de apenas siete años. Y efectivamente fue la Play. Y dos juegos, uno para los mayores y otro para los pequeños. No cabía en mi alegría aunque en ese momento me jodió tener que compartirla. Tras unos días manteniendo con más pena que gloria la ley de la selva respecto al uso de la play, no me quedó más remedio que aprender a compartir. “O para todos o para ninguno”, “aquí todo es de todos” o “para empezar, si la maquinita es de alguien, es mía, que para eso la he pagado así que a callar” solían reprocharme. Me enganché al juego de los pequeños. Eran carreras de coches. Pronto, jugar contra la máquina dejó de tener gracia. Con el tiempo, cogimos la costumbre de mirar las opciones multijugador en las carcasas de los videojuegos. Había grandes juego individuales pero no nos llamaban la atención. Éramos de fútbol, de coches y de rol.

Supongo que por eso también triunfaron juegos como Warcraft, Age of Empires y demás. Ya mayor, la consola coge polvo esperando la visita de algún colega o hermano, o mejor aún, alguna mujer que quiera echarse una partidita. Antes que jugar solo, escribo y ya ven…

El día que cumplí catorce años –o por ahí– mi madre me dijo que ya era mayor, que tenía unas responsabilidades que atender con la familia. Me explicó que como hermano mayor debía cuidar del resto, que si ella no estaba, también debía preocuparme por mi padre y, claro, visto lo visto, me enseñó a cocinar. La verdad es que ya de pequeño apuntaba maneras pero ella me enseñó lo básico para sobrevivir un fin de semana, quizá cuatro días, sin ella. Aprendí que cocinar además de supervivencia es un arte, aunque mi madre se quedó en la primera lección, y aunque nunca he sido capaz de cocinar nada que incluya las palabras “reducción”, “espuma” o “pétalos”, sí he podido experimentar con sobras, equivocarme hasta la indigestión y aprender como quién se tira a un río para medir su profundidad. Los macarrones con mi tomate ligeramente picante son exquisitos. Me comía kilos.

Mi madre me lo enseñó todo sobre los dolores de estómago aunque se olvidó del capítulo de “Cómo detectar cuando te mienten”. No era lista ni nada. Sólo conseguí colarle el dolor de estómago en un par de ocasiones y no ir al colegio, son trofeos que mi subconsciente guarda bajo llave para mantener una imagen poderosa de mi infancia, mejor eso haberme metido por la noche en la cama de mis padres hasta los 5 o 6 años. Mis hermanos pequeños no me respetaron hasta que empecé a ser yo El Miedo de por la noche, supongo que eso también lo aprendí en alguna parte aunque no de mi madre, por supuesto.
Insistió e insistió en que pareciera un caballero y ha estado muy, muy cerca de conseguirlo. De haberme quedado más tiempo bajo su techo, sin duda, lo habría logrado. Ella me enseñó que a las señoras y a las señoritas se las deja siempre pasar primero, que los codos jamás se apoyan en la mesa con los cubiertos o un vaso en la mano, que se mastica con la boca cerrada y que no se sorben las sopas. Me enseñó a pelar una gamba con cubiertos aunque creo que no lo he hecho jamás, en ningún sitio. Me enseñó a coger las copas y a servir tanto la comida como el vino aunque nunca me he manejado con dos cubiertos en la misma mano.

Durante la época más tenebrosa de la mi adolescencia, que duró varios años, mis padres eran algo así como un tribunal de censura. Pero no censura de la libertad de expresión, eso son mariconadas. Para mi yo de entonces eran la Inquisición. Cada vez que pensaba en hacer una cosa, cualquiera, se aparecía mi padre o mi madre, dependiendo de si había una chica de por medio, para decirme que no lo hiciera. Ni siquiera estaba seguro de que supieran lo que pretendía hacer. Era un no por inercia, un no “para tranquilidad de todos”. Reconozco que por entonces decirme que sí era, con total seguridad, un error. Fueron muchas las veces que me salté sus límites pero me permitieron descubrir los míos. Muchos de ellos han sido heredados sin modificación alguna, otros se han actualizado y otros suprimidos pero ahí están. Les odiaba. Saber su respuesta antes siquiera de pensar en una idea era frustante, violento y aburrido. Ellos “me aconsejaban”, hablando si había llegado tarde y a gritos cuando la cagada era de campeonato. Decían que había normas que cumplir y metas que alcanzar, que el esfuerzo tendría recompensa, que tenía que saber divertirme y a la vez responder ante quienes confían en mí y que con las mujeres hay que ser valiente. Eso último lo decía mi madre. La verdad es que lo hacían, me aconsejaban, y aunque tardé cuatro o siete o quince años en darme cuenta de lo beneficioso que podía ser hacerles caso, me he convertido en fan de los consejos paternales. Ella sobre temas de chicas y amigos cercanos y él sobre todo lo demás. Son un 12 y mis límites sólidos.
Me enseñó el valor de la comunicación, el valor de expresarse bien. Y no porque fuera periodista, que también, sino porque siempre tuvimos que explicar muy bien los chistes, las mentiras respecto a mis ausencias de clase o el motivo de la sangre que inundaba mis ojos cuando entraba en casa los viernes por la noche “¿Te crees que no me había fijado o qué? ¿Tan borracho, o lo que fuera, ibas?” Empezaba duro pero enseguida se deshacía. “¿Quieres un café?” También me enseñó a hacerme el tonto para ser muy listo, una habilidad muy recomendable, es como un escudo protector contra indeseables, supongo que por eso nunca funcionó con Mamá. Siempre que mis explicaciones eran malas, algo habitual, no tenía reparos en decírmelo… “Aunque pudiera creerte, que no, la historia que me has contado es malísima. Lo siento. A tu cuarto”.

Y, por supuesto, me enseñó a escribir. Ella ha sido siempre tan feliz haciendo lo que hace que, supongo, me dio envidia, yo también quería. En una ocasión, unos gilipollas calificados decidieron que debía ser yo quien ofreciera una palabras ante la multitud. Lo dicho, una soberana estupidez. El caso es que me propuse hacerlo bien y fueron muchos los garabatos. Ella me ayudó con expresiones que no encontraba, me ayudó con la puntuación y llegó a escucharlo tantas veces que se lo sabía de memoria. Todavía escucho tu voz en mi cabeza cuando dudo en poner o no una coma. No he aprendido tanto en menos tiempo jamás.
Ahora yo tengo mi estilo, mis límites, mis principios, las madres de las mujeres me desean para sus hijas, se me puede llevar a cualquier parte, tengo mis metas, mis medios, mis líos, mi blog… Aprendí a mentir muy bien, los dolores de estómago nunca suponen un problema muy grave, he sobrevivido más de un año fuera de casa de mis padres y, joder, escribo en varios blogs desde hace meses… Pero lo que más valoro, la lección más importante de todas, la que mayores alegrías me ha dado es que todo, absolutamente todo, es mejor si es compartido.

Gracias a ella, sobre todo a ella, Nuwanda Vive.

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